El estudio, desarrollado junto con el Laboratorio del Sueño del Centro Médico de Sheba y el de la Universidad de Montreal (Canadá), se llevó a cabo en dos grupos de participantes a los que se hizo repetir una secuencia realizada con el pulgar y otro dedo de la mano. A través de este ejercicio se comprobaba la capacidad del “cómo” de la memoria, dependiendo de la rapidez y corrección con que se realizaran los movimientos. Mientras uno de los grupos permanecía despierto, el otro dormía una hora y media de siesta.
El grupo que durmió mostró una clara mejora en el desempeño de sus tareas por la tarde frente a los que no habían dormido. Sin embargo, después de una noche entera durmiendo, ambos grupos dieron los mismos resultados.
Un segundo estudio demuestra que si una persona trata de efectuar un nuevo ejercicio en las seis a ocho horas posteriores a la realización de éste, puede tener problemas en aprendizajes inmediatamente posteriores. De esta forma, al no haberse consolidado el periodo de aprendizaje, y al tratar de aprender un nuevo ejercicio, el primero se olvidará. Las personas que durmieron una siesta entre un ejercicio y otro, a la mañana siguiente todavía recordaban ambos.